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Aborto inducido: decapitaciones e inyecciones letales

Posted in Abortos inducidos, Decapitaciones, Inyecciones letales, Operaciones y cirugías with tags , , , on 10 abril, 2011 by tanatopracticos

Un reportaje, realizado con cámara oculta por la televisión danesa, mostraba cómo el ginecólogo Morín aceptaba realizar un aborto de 30 semanas y explicaba a la madre el método que iba a utilizar: «Le ponemos un tóxico en el corazón que le produce la muerte inmediata. Cuesta 4.000 euros». Sin embargo, Morín pudo haber sido mucho más explícito al detallar los métodos que se utilizan.
Le cortan la cabeza
Un feto de 30 semanas casi ya es un bebé. Mide unos 28 centímetros, pesa 1,3 kilos. La piel es más gruesa y más rosada. Se produce un aumento de las conexiones entre las células nerviosas del cerebro.

A partir de este estadio, el desarrollo se centra en el crecimiento. Es más, casi todos los bebés que nacen en este periodo sobreviven con ayuda médica. Son puntualizaciones vitales. Detalles que vienen al caso porque, como explica el portavoz de la Asociación de Médicos Cristianos de Cataluña: «Con 30 semanas o más, para abortar hay que inducir al parto. El niño tiene que nacer».
Y desgrana los brutales procesos que se siguen. Básicamente dos. «Uno de ellos -explica- es el que se denomina «aborto de nacimiento parcial». Se le pone a la madre un gotero con oxitocina para provocar el parto. Al bebé se le suele poner también una inyección en la fontanela (hueso aún no formado del cráneo) con algún tipo de calmante, siempre barato porque en estas clínicas prima la rentabilidad económica, para que no se mueva el bebé, para que la madre no lo note. El parto prosigue su pasos y cuando sale la cabeza se decapita. Así, sin más». Otra variante apunta a que al sacar la cabeza se insertan unas tijeras en la región occipital del bebé, después se abren para agrandar el agujero. Se introduce un catéter en el orificio, a través del cual se vacía el cerebro por succión y finalmente se extrae la cabeza del útero… El doctor que explica todo el proceso se pregunta: «¿Qué diferencia hay entre este tipo de aborto y un infanticidio?»
La otra práctica a la que se refería Morín no es menos cruel. «Como en el caso anterior se provoca el parto. En un momento dado, por medio de una ecografía, se localiza un vaso sanguíneo del feto -casi nunca el corazón- y vía canal de parto le inyectan digoxina. Es un medicamento que se utiliza en personas mayores porque ayuda a que el corazón funcione mejor y controla las arritmias. Sin embargo, en un feto es letal. Una vez muerto, se extrae». En ocasiones -según explican los especialistas- el parto no evoluciona correctamente y entonces se suele practicar una cesárea, se extrae el feto y ya fuera se opta o por la decapitación o por la inyección letal.
La tercera forma de acabar con la vida de los fetos-bebé cuando el estado de gestación es muy avanzado son las inyecciones de prostaglandinas. Es esta una forma más reciente de practicar abortos, que se ha puesto bastante de moda. Utiliza unos potentes productos químicos que provocan fortísimas contracciones que hacen que el útero acabe expulsando al bebé. Las contracciones son tan intensas que se ha dado el caso de criaturas amputadas por su efecto. A veces, el bebé nace vivo -continúan relatando-. Se trata de una «complicación» en el argot abortista, que se soluciona siguiendo lo relatado en el primer y segundo caso.
La brutalidad de las clínicas no concluye con el aborto. Hay que deshacerse de un cuerpo humano de cierto tamaño. Entran en acción trituradoras e incineradoras o empresas especializadas en recoger y, en teoría, deshacerse de los restos. Aunque, como apuntan desde Médicos Cristianos, «tenemos la certidumbre (y pruebas) de que en muchas ocasiones los cadáveres acaban en laboratorios para fabricar productos cosméticos».